En 2001, Viagra le permitió ganar a Pfizer la sabrosa cifra de 1.500 millones de dólares. Como es lógico, a la empresa le gustaría vender su pildorita azul a las mujeres, además de a los hombres, aunque existe un pequeño pero. Teniendo en cuenta que las mujeres no padecen un problema físico evidente con el sexo que pueda equipararse al de los hombres, ¿qué van a vender las compañías?
Shere Hite
No se puede comercializar un fármaco si no se acepta que existe su
necesidad clínica. Así que, ¿qué pueden hacer las empresas?
Respuesta: inventarse una enfermedad
llamada disfunción sexual femenina (DSF) y convencer a los expertos
para que afirmen que nada menos que el 43% de las mujeres la sufre
en algún momento.
Ésta es la acusación que se lanzó a principios de año en un feroz
ataque publicado en el British Medical Journal; el artículo afirmaba
que algunos investigadores vinculados a la industria farmacéutica
exageran y distorsionan sistemáticamente la extensión y la naturaleza
de los problemas sexuales femeninos. Si bien no es, en absoluto,
el primer ni el único caso en el que se ha medicalizado la vida biológica
cotidiana con el fin de crear mercados para nuevos fármacos, la revista
aseguraba que la DSF es "el ejemplo más claro que tenemos de la creación
empresarial de una enfermedad".
Como persona que lleva más de dos décadas investigando la sexualidad
femenina, sólo tengo un pero que ponerle a esta crítica: que no ahonda
lo suficiente. La industria farmacéutica no sólo es culpable de exageraciones
cínicas y codiciosas, sino que ha interpretado de forma totalmente
errónea la verdadera esencia de la sexualidad femenina. En la mayoría
de las mujeres no existe ninguna disfunción sexual. Es la sociedad
la que tiene el problema, porque sigue definiendo el sexo de una forma
que les dificulta a ellas el orgasmo y la expresión de su identidad.
Las que necesitan cambiar no son las mujeres -que no tienen por qué
verse alteradas mediante fármacos-, sino las anticuadas ideas que
tiene la industria farmacéutica de cómo deben practicar el sexo las
parejas.
Mis investigaciones, basadas en los testimonios de miles de mujeres,
indican que la falta de orgasmo durante el coito es un motivo crucial
y muy corriente de que muchas mujeres se desilusionen del sexo y pierdan
el interés. ¿Pero significa eso que necesitamos píldoras que nos ayuden?
Ni hablar. Existe una forma mucho más segura de buscar una solución:
no hay más que reconocer la realidad sobre el mecanismo del orgasmo
femenino.
Para ello, la industria farmacéutica debería prestar más atención
a la masturbación. La inmensa mayoría de las mujeres puede alcanzar
el orgasmo con facilidad durante la masturbación. ¿Y por qué no durante
el coito? La respuesta es que, durante la masturbación, las mujeres
prefieren estimularse la zona clitoridiana o púbica. Muy pocas veces,
sólo en el 2% de los casos, se incluye la penetración vaginal. La
estimulación que practican las mujeres para alcanzar el orgasmo es
totalmente diferente a la que suelen recibir durante el coito. Así
que no es extraño que el número de orgasmos durante el coito sea bajo
en comparación con el número de orgasmos durante la estimulación manual
del clítoris.
Los hombres estimulan la misma zona del pene tanto durante la masturbación
como durante el coito, por lo que les resulta fácil alcanzar el orgasmo
en ambas situaciones.
Ahora bien, si en el pasado el sexo excluía la estimulación del clítoris
debido a un prejuicio contra la actividad no reproductora, ya ha llegado
la hora de salir de ahí, en estos tiempos de igualdad y en los que
se considera que el sexo es una cosa que debe unir a dos personas.
Al fin y al cabo, los hombres también sufren cuando creen que su esposa
o compañera es disfuncional.
Quienes pretenden resolver el problema de la disfunción orgásmica
femenina en las compañías farmacéuticas corren el riesgo de empeorar
las cosas. Al final, cuando el nuevo tratamiento no funcione, hombres
y mujeres empezarán de nuevo a discutir. Invertir dinero en este tipo
de producto equivaldría a financiar la infelicidad y el divorcio,
dejar que los sentimientos de las mujeres permanezcan invisibles o
considerarlos ilegítimos, y colocar a los hombres en un terreno de
inseguridad. En esta atmósfera de miedo y confusión, el amor, incluida
una intensa intimidad y experimentación sexual, puede convertirse
en un ámbito de conflicto en vez de serlo de placer. Las mujeres saben
cómo obtener un orgasmo, pero no se sienten libres para expresarlo
durante el acto sexual con los hombres. Lo que necesitamos no son
píldoras excitantes, sino un nuevo tipo de relaciones físicas entre
unos y otros.
Fuente: Diario “El país”
Shere Hite es autora del ´Informe Hite´ (Suma de Letras). Su último
libro es ´El orgasmo femenino: las teorías de la sexualidad humana´
(Ediciones B).
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